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Escribe: Lic. Diego Moraes: (Salto, 23 / 02 / 79) es Licenciado en Letras por la FHCE (UdelaR) y Procurador por la Facultad de Derecho (UdelaR). Actualmente reside en Montevideo, ciudad en la que se desempeña como escritor, docente e investigador.
Desde 2007 integra el equipo de producción del programa televisivo "Voces Anónimas", emitido a través de la pantalla de Teledoce (Canal 12 - Montevideo - Uruguay).
Entre sus intereses profesionales se cuentan la TeorÃa Literaria, la Semiótica del Cómic, la Retórica Visual, la Poética del Hipertexto y las Leyendas Mágicas de la tradición oral. Ha participado como disertante en diferentes certámenes académicos nacionales e internacionales.
Es autor del libro "Bestiario del Salto Oriental (2007) y co-autor junto a Guillermo Lockhart del libro "Voces Anónimas. Historias y leyendas del universo mágico" (2008).
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El exorcismo del Daymán.
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DÃas pasados, releyendo viejos documentos históricos a propósito de supersticiones, mitos y creencias de los habitantes de la Banda Oriental, di, casi al azar, con la crónica de un curioso exorcismo que entiendo no carecerÃa de cierto interés en cualquier antologÃa de los horrores de Salto. Las circunstancias exactas que rodearon estos acontecimientos son muy confusas; sin embargo, según las versiones más autorizadas, el evento habrÃa tenido lugar hacia el año 1894 en un sitio sobre la costa del RÃo Daymán, no demasiado lejano al lugar en que ahora se encuentran las famosas Termas que ostentan ese mismo nombre.
La protagonista de la historia fue una muchacha mestiza, aún no completamente desarrollada -digamos seis o siete años- que vivÃa en una casita de la zona. Se llamaba L*** y habÃa nacido en el Brasil, más precisamente en Rio Grande do Sul, sitio desde el que poco tiempo atrás habÃa emigrado junto a su madre. Un buen dÃa, y luego de haber convalecido de dolor toda una noche sin causa aparente, L*** comenzó a ejecutar algunas acciones extrañas y a ser vÃctima de accidentes ciertamente estrafalarios. Los parientes, amigos y vecinos que fueron testigos de estos prodigios, alucinados y asombrados en su imaginación, llegaron a la certidumbre irrefutable de que, verdaderamente, la muchacha "tenÃa a Mandinga en el cuerpo".
En ocasiones, L*** padecÃa de unos violentos ataques durante los que se comportaba casi como un animal. Comenzaba a gritar, a semejanza de un chancho que están carneando, y clamaba a viva voz que alguien habÃa venido a llevársela a un paraje terrorÃfico. Se retorcÃa como una histérica, gemÃa como una desquiciada y lloraba escandalosamente. En estos accesos, la joven se estiraba completamente en la cama, y tiesa como estaba, parecÃa que la arrastraban de las piernas, escurriéndose del reposo. Uno y hasta dos hombres de campo muy forzudos no eran lo suficientemente poderosos como para sujetarla; por esta razón, y a pedido de la propia aterrada madre de la criatura, se convino en amarrarle las muñecas a la cabecera de la cama con unas sábanas.
Otras veces, y aún cuando segundos antes se encontrara apaciblemente tomando mate y conversando con su gente, la joven se transformaba de súbito, y comenzaba a proferir insultos soeces a todos los que se atrevÃan a dirigirle la palabra o a mirarla con atención. Se arañaba, afirmando que no era ella, sino otro ser invisible quien le clavaba las uñas. Golpeaba con recias patadas las puertas, las paredes, los muebles y las ventanas de la casa, y hasta se orinaba o defecaba en los rincones. También articulaba unos silbidos muy penetrantes, que parecÃan provenir de lo profundo del bosque circundante. Otra costumbre extravagante de la poseÃda era la de salir intempestivamente a los fondos de la casa y desde allà arrojar piedras al aire con tan milagrosa habilidad que las piedras retornaban al mismo lugar del que habÃan partido.
Otro rasgo extraño de la historia es que esta endemoniada, antes de haber entrado en este estado, no hablaba sino su lengua natal, el portugués. No obstante, desde que iniciaron los ataques, la muchacha comenzó a expresarse con tal corrección el castellano como si fuera una nativa, al punto que ni siquiera por el acento pudiera distinguirse del habla de los hijos del paÃs, circunstancia que provocó la perplejidad de los vecinos.
La situación de L*** empeoraba cada vez, y entonces llegó un momento en que la familia de la niña se vio obligada a tomar cartas en el asunto. Se decidió, entonces, convocar a un exorcista. Sin embargo, y diferencia de lo que nos tienen acostumbrados los argumentos de las series televisivas, este ritual no fue llevado a cabo por un sacerdote de la Iglesia Católica, sino por el contrario, por un curandero popular. Pocos datos hay sobre este oscuro personaje, salvo que se trataba de un viejo con fama de brujo y de hechicero, y que ya tenÃa alguna experiencia en los métodos del magnetismo animal. Aunque también es cierto que, pese a su condición profana, las figuras y los instrumentos de que se valÃa para sus conjuros eran los mismos que se esgrimen en la liturgia cristiana: también el exorcista, además de brebajes y conjuros, portaba un crucifijo, rociaba agua bendita e invocaba el glorioso nombre de Dios.
Pese a tantas previsiones, el exorcismo culminó en un rotundo fracaso. Ya desde el principio, la endemoniada manifestó toda serie de irreverencias hacia los poderes de su sanador. Por ejemplo, el exorcista recitaba oraciones y le decÃa cosas tales como: "Clama, hija mÃa: Dios conmigo y el Diablo al Infierno", y la joven, enfurecida, respondÃa insultante: "El Diablo conmigo y Dios a la p ". En tales contratiempos, y como todo recurso, el exorcista la rociaba con más agua bendita y rezaba cada vez en tono más solemne. Por supuesto que, por momentos, el exorcismo parecÃa dar algún resultado, pues la muchacha cesaba de maldecir y no realizaba tantas extravagancias, pero el mal pronto volvÃa a exacerbarse. Y L***, conforme pasaban los dÃas, estaba cada vez peor. Hacia el final, al borde de la locura, no hacÃa sino cubrirse el rostro con las manos o con las sábanas, y mientras sujetaba fuertemente las manos de una vieja, como buscando terrenal consuelo, manifestaba su malestar y su espanto con penetrantes gemidos. Un atardecer, luego de una larga sesión de espiritismo que habÃa abarcado toda la noche y el dÃa anterior, L*** finalmente murió.
Una vez fallecida la desventurada criatura, la casa en la que fue llevado a cabo el ritual adquirió una fama siniestra. Se decÃa del edificio -como del Teatro Larrañaga o del Museo de Bellas Artes- que fuerzas oscuras y misteriosas habÃan asentado allà su dominio infernal. Según hemos llegado a saber, este lugar fue, en repetidas ocasiones, escenario de apariciones de fantasmas, voces pavorosas, ayes fatÃdicos, luces que vagan solitarias, ruidos subterráneos y otras proposiciones infames por el estilo. Los antiguos vecinos del Daymán solÃan referirse a este sitio con mucho respeto, como si se tratara de un lugar de culto, aunque, temerosos, preferÃan no frecuentarlo demasiado. Hoy en dÃa, y para beneplácito de los espantadizos, esta casa ya no existe; fue demolida, y en el lugar en que se encontraba fue edificado un lujoso hotel que hace las delicias de los turistas más exigentes.






